un joven vagabundo lloraba por la calle
el joven callejero sollozaba y el viento se llevaba su angustia.
Una mujer caminaba entre novena y cuarta
ella parecía saber a donde iba
ella no era muy alta,
pero a mi juicio, era bella.
Un hombre corría bajo la lluvia de aquella noche,
en su cabeza un pañuelo anaranjado que agarraba sus crines
en su mano un reloj que contaba sus vueltas
en sus pies sus deportivos nuevos
su camisa de un taller, muy raída.
El hombre y la mujer determinados.
el joven angustiado.
El joven le contaba al viento sus penas
mientra en su mano había Quita-Penas.
- Ay viene uno, gritó
- mira que si viene sin rumbo, aplaudió el otro
La mujer llegaba a la esquina de la cuadra
el hombre iba cerca, media cuadra antes
el joven estaba pasado la esquina
Los hombres esperaban en la cuadra perpendicular a la esquina
Pasó el borracho
pasó la mujer y se le avalanzaron
el hombre de los deportivos se asustó y huyó
la mujer como pudo se soltó
el bolo cerca de-ella se quedó varado
La historia se partió otra vez
- Ala que gay, la dejé sola
- Señor por favor, aléjalos de mí que no puedo hacerlo otra vez
- Sho te-amo, Eloisa...
Amanda relataba la historia desde el balcón de su casa,
-Todas las noches pasa
Amanda nunca hace nada
-Ya me amenazaron una vez, ! por burra me volvía a meter!
Amanda no puede dormir
-La buya no me deja
Amanda una mujer anciana, la vieja Amanda.
Sus ojos son extraños, son como un puñado de milpa color verde tierno, que se fusionan con el verde de un musgo, haciendo entre ver un caleidoscopio de colores verde-otoñales. Llegando al agujero negro del ojo hayamos cinco salpicaduras color café, hermosas, como el cacao recién cortado. Ay mujer pero queojos!
La mujer de los ojos extraños tiene miedo de salir, la mujer del tierno otoño debe salir, la mujer sabe que hay riesgos, la mujer sabe que teme, la mujer se ha comprado una pistola, la mujer, teme morir.
Entre bofetadas, besos y luceros hacen el amor ellos. Él lo acaricia desde la espalda y le toma por la cintura, bailando al compás de su figura. El otro se entretiene con la boca, quitandole poco a poco la camisa de taller, húmeda, por los nervios, sudor y ejercicio. El otro ríe de placer.
Terminan una hora después y él le cuenta el suceso, el otro se ofusca, el otro no entiende cómo lo dejó pasar, el otro lo olvida y se va.
Otra vez la historia se partió.
Es tan tersa la sensación de apoyarse ahí, sus colorados ahumados le dan sensación hogareña, su color de noche engaña a cuelquiera. Los miedos y risas de todos se cuelan por las rajaduras del cemento que une sus piezas en armonía compeleta. Su locación, a una cuadra del deportista, en la esquina de la mujer, en la otra del bolo y en la que espera de los maliantes. Esa pobre pared siempre es testigo que los casos más raros y comunes de nuestra Guate.
Salud y buenas noches!

1 comentarios:
y a veces creo que no soy yo la que escribe...
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